Hay episodios de El Cubo que sorprenden por el tema. Y hay otros que sorprenden por la manera en la que consiguen hablar de asuntos complejos sin perder ni el humor ni la cercanía. El capítulo protagonizado por Carlos Macías, médico y director del Hospital HM Madrid Río, pertenece claramente a esta segunda categoría.
Lo que comienza como una conversación sobre sanidad pública y privada termina convirtiéndose en una reflexión mucho más amplia sobre cómo se cuida a las personas dentro de un hospital, qué papel tiene la empatía en la medicina, por qué la muerte sigue siendo un tema incómodo incluso para el propio sistema sanitario y hasta qué punto el humor puede transformar la experiencia de alguien que atraviesa uno de los momentos más vulnerables de su vida.
Entre doritos picantes, faenas absurdas y esa mezcla de profundidad y juego que define el formato de Sara Escudero, Carlos Macías deja uno de los episodios más humanos de la temporada.
Uno de los primeros grandes bloques del episodio gira alrededor de un debate que siempre despierta conversación: sanidad pública o privada. Carlos, que trabaja en un hospital privado pero se ha formado en la sanidad pública, huye rápidamente del enfrentamiento fácil y plantea una idea muy clara: «No puede existir una buena sanidad en un país como el nuestro si no coexisten«. Para él, la clave no está tanto en la titularidad como en la gestión. De hecho, lo resume con una frase que atraviesa buena parte de la conversación: «Hay que hablar de buena gestión y mala gestión. Público o privado. Punto.»
La reflexión no se queda en lo teórico. Carlos habla desde su experiencia como médico de familia, una especialidad que reivindica durante todo el episodio por su mirada integral del paciente. Esa forma de entender la medicina, menos centrada en la enfermedad aislada y más en la persona que la padece, aparece una y otra vez en su discurso. No es casualidad que una de las frases más potentes del capítulo sea precisamente esta: «Tratas enfermedades, pero cuidas personas«.
Y esa idea conecta con otro de los temas más interesantes del episodio: la necesidad de recuperar la figura del médico de referencia, especialmente en la sanidad privada. Carlos explica que, en muchas ocasiones, el paciente entra en un circuito de especialistas sin que nadie ordene realmente el proceso ni ejerza ese papel de guía que tradicionalmente cumplía el médico de cabecera. Su ideal, cuenta, sería que cualquier persona pudiera decir con claridad: “mi médico es este”.
Pero quizá el momento más profundo del episodio llega cuando el dado señala la muerte. Sara introduce el tema mientras Carlos tiene que hablar comiendo doritos picantes, una de las faenas del programa, y el contraste entre la escena y la conversación no puede ser más elocuente. Él lo dice sin rodeos: «Estoy muy preocupado porque creo que no tratamos bien la muerte«.
A partir de ahí, la charla se convierte en una crítica lúcida a cómo el sistema sanitario vive el final de la vida. Carlos sostiene que, para muchos profesionales y estructuras hospitalarias, la muerte sigue entendiéndose como un fracaso, cuando en realidad forma parte inevitable de la existencia. Por eso defiende que debería integrarse mejor en la formación médica desde el principio y que el papel del profesional no es solo curar, sino también acompañar, guiar y consolar. De hecho, cuenta que cuando da clase a estudiantes de Medicina y Humanismo les lanza un aviso muy claro: si han elegido la carrera solo para curar, probablemente se llevarán una decepción. Porque en medicina no siempre se puede salvar, pero siempre se puede cuidar.
El episodio también deja espacio para conocer cómo entiende Carlos la gestión hospitalaria. Y aquí aparece una de las anécdotas más curiosas del capítulo: la decisión de pasar noches en el propio hospital como si fuera un paciente más, para detectar fallos, entender mejor la experiencia real de quien está ingresado y observar detalles que de otro modo pasarían desapercibidos. Desde cómo funciona una ducha hasta qué se siente en una habitación de madrugada, todo forma parte de una visión de la dirección muy poco burocrática y muy centrada en la vivencia del paciente.
Esa mirada conecta directamente con otra de las ideas que atraviesan toda la conversación: la necesidad de humanizar sin convertir la palabra “humanización” en un eslogan vacío. Carlos es muy crítico con ciertos discursos superficiales y lo explica con mucha claridad cuando señala que no hay nada más inhumano que una lista de espera interminable. Para él, humanizar no consiste solo en decorar el lenguaje o añadir una capa amable al sistema, sino en revisar procesos, tiempos, gestos y formas de relacionarse con el paciente y su familia.
Y en ese punto aparece otro de los grandes protagonistas del episodio: el humor. Carlos recuerda que la expresión “estar de buen humor” viene de la medicina antigua y reivindica el poder que tiene una sonrisa, un chascarrillo o una actitud cálida dentro de un hospital. No para restar importancia a lo que ocurre, sino para hacerlo un poco más habitable. Lo resume muy bien cuando explica que en un entorno donde suele reinar el silencio, el dolor o el protocolo, hay dos cosas capaces de transformar por completo la experiencia: la música y el humor.
Al final, el episodio con Carlos Macías deja una sensación muy clara: la medicina no debería limitarse a diagnosticar, intervenir y resolver. También debería saber mirar, escuchar, tocar, nombrar y acompañar. Y quizá por eso este capítulo de El Cubo funciona tan bien. Porque consigue hablar de hospitales, gestión, muerte o inteligencia artificial sin perder nunca de vista lo más importante: que detrás de cada cama, cada diagnóstico y cada protocolo hay una persona, una familia y una historia que merecen ser tratadas con conocimiento, sí, pero también con alma.
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