Hay entrevistas que siguen un guion y otras que se convierten en una conversación imprevisible. El episodio de El Cubo protagonizado por Luis Quevedo junto a Sara Escudero pertenece claramente al segundo grupo. Entre chicles, chupetes, reflexiones sobre la muerte y conversaciones sobre ciencia y emociones, ambos terminan construyendo uno de los capítulos más humanos y sorprendentes del formato.
La mecánica del programa ya nace desde el caos controlado: un cubo con temas, un cronómetro con forma de vaca y un dado de “faenas” que obliga al invitado a afrontar conversaciones profundas mientras lidia con obstáculos absurdos. Precisamente ahí aparece gran parte de la magia del formato. Lo que parece un simple juego acaba convirtiéndose en una herramienta para sacar al invitado de su zona de confort y descubrir facetas que difícilmente aparecerían en una entrevista convencional.
Desde el primer momento queda claro que Sara y Luis tienen una complicidad poco habitual. La conversación salta del humor a la ciencia, de Nueva York a la paternidad, y de ahí a reflexiones mucho más íntimas sobre el paso del tiempo, las relaciones personales o la manera en que afrontamos las dificultades de la vida.
Uno de los grandes temas del episodio gira alrededor del papel del humor. Luis desmonta rápidamente el estereotipo clásico del científico serio y distante cuando afirma: «La gente de ciencia tenemos el San Benito de ser más bien poco divertidos». Lejos de esa imagen, explica que muchos de los investigadores y divulgadores que ha conocido a lo largo de su trayectoria destacan precisamente por su creatividad, curiosidad y capacidad para reírse de sí mismos.
La conversación evoluciona hacia algo más profundo cuando ambos coinciden en que el humor no es solo entretenimiento, sino una herramienta vital. Sara lo resume con una imagen brillante: «Yo siempre digo que el sentido del humor es el amortiguador del viaje». Una definición que atraviesa gran parte del episodio y que sirve para entender cómo ambos interpretan la vida: las dificultades siguen existiendo, pero la forma de transitarlas puede cambiar por completo cuando entra en juego el humor.
La charla también deja espacio para hablar de Nueva York, ciudad donde Luis vivió cerca de una década. Entre risas y con la boca llena de chicles por culpa de una de las “faenas” del programa, cuenta cómo aquella experiencia terminó transformando su vida profesional y personal. Allí trabajó en medios de comunicación, ejerció como profesor universitario, participó en proyectos de divulgación científica y llegó a dirigir un festival de cine científico. Una etapa marcada por el aprendizaje constante y por una filosofía muy característica de la ciudad: valorar más lo que una persona quiere hacer que el lugar del que procede.
Precisamente la paternidad se convierte en otro de los momentos más sinceros del episodio. Luis reconoce algo que probablemente muchos padres entenderán al instante: «El tipo que yo era antes de ser padre murió el día que nació mi hija». A partir de esa afirmación, reflexiona sobre cómo la llegada de un hijo transforma prioridades, perspectivas y formas de entender el mundo. No desde una visión idealizada, sino desde la honestidad de quien reconoce tanto el vértigo como la belleza que implica asumir esa responsabilidad.
Pero quizá uno de los momentos más emocionantes llega cuando hablan sobre la muerte. Lejos de un tono solemne, la conversación mezcla filosofía, ciencia y experiencia personal. Luis lanza una reflexión que atraviesa toda la charla: «La muerte es algo que le da mucho sentido al rato que tenemos vivos». A partir de ahí, ambos exploran cómo la conciencia de que la vida tiene un final influye en nuestras decisiones, nuestros vínculos y nuestra manera de valorar el presente.
Y es precisamente ahí donde El Cubo demuestra una de sus mayores fortalezas. Bajo una apariencia de juego absurdo y situaciones cómicas consigue abordar cuestiones universales como el miedo, la identidad, la familia, la pérdida o la búsqueda de sentido. Todo ello sin perder la ligereza, la cercanía y el humor que caracterizan el programa.
Porque entre un chupete, una vaca cronómetro y un puñado de chicles, este episodio termina hablando de algo mucho más importante: cómo seguir adelante incluso cuando llegan las famosas “faenas”. Y quizá esa sea la gran conclusión que deja la conversación entre Sara Escudero y Luis Quevedo: que la vida está llena de imprevistos, pero también de herramientas para afrontarlos, y que pocas son tan poderosas como la curiosidad, la capacidad de reflexión y el sentido del humor.
Visita el canal de YouTube de Sara Escudero para ver el programa completo.